Recuerdos del 8M 2018 en Ciudad del Este — Paraguay

Nuestra humanidad no es mercancía. Ciudad del Este-pe ore kuña ropyta avei. (En Ciudad del Este, nosotras las mujeres también paramos);

Hace una semana, se celebró la quinta (y última) ronda de la Olimpiada Juvenil de Matemáticas (OM), posiblemente la competencia secundaria de ciencias más grande del Paraguay. Entre la incesante inestabilidad política del país, la azotante crisis económica y el severo problema ambiental que atravesamos actualmente, voy a asumir la tarea de hacer un esfuerzo para intentar fornecer una noticia positiva, para servir de regocijante contraste en la jornada informativa de alguna persona que con suerte le llegue este relato.

Setecientos cincuenta y tres chicos de los 17 departamentos se reunieron en el campus de la UNA, para resolver cinco problemas de matemática, en un lapso de 4 horas. ¿Descabellado? Es probable.

Empecemos, naturalmente, por el comienzo. Corría el año 2010. Paraguay aún clasificaba al mundial, y un pequeño e inocente yo se alistaba para rendir su primera ronda de la OM, sin saber que iba a ser la última vez -posiblemente por el resto de su vida- que no iba a tomar en serio Matemáticas. Nueve años han pasado, y tras 19 Olimpiadas, muchos teoremas y por sobre todo muchísima diversión, me tocaba estar este año del otro lado del mostrador. En efecto, me encontraba esta vez de jurado y velador en la misma prueba que rendí tantas veces.

Allí veía máscaras de felicidad, de nerviosismo, de euforia. Aquel día por el cual se habían preparado tanto, había llegado. Bajo tales máscaras podía encontrar una cantidad inconmensurable de trabajo, personas que querían dar lo mejor de sí en lo que se les daba bien. Sin embargo, había un personaje que se encontraba especialmente feliz. Éste susodicho veía con muchas esperanzas a los competidores, veía en esos chicos las futuras piernas y pulmones que al Paraguay tanto le faltan hoy. Veía la sinceridad y el esfuerzo que cada rostro podía reflejar. Aquella persona, como no podía ser de otra forma, era yo. Me encontraba a mi mismo, físicamente en frente de los examinados, pero mucho más importante, también lo hacía mentalmente, puesto que parecía que quería estar ahí por el resto de mi vida, admirando como un puñado enorme de personas intentaba superarse a sí mismos.

Había dormido yo una sola hora esa noche, pero eso ya no importaba en ese momento. De hecho, pareciese que ya no lo necesitaba, que la realidad era ya una experiencia lo suficientemente onírica, casi hedonista. Después de una ardua jornada de casi 12 horas, llegó el ansiado momento de la premiación.

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